¿Puede nacer un Estado negando la historia del otro?
TEMA: ¿Puede nacer un Estado negando la historia del otro?
Columna de Opinión – VDI Global
28 diciembre 2025
Hay textos que no solo organizan un sistema político: revelan una visión del mundo. El borrador de constitución publicado por la Autoridad Palestina esta semana es uno de ellos.
Y la pregunta que inevitablemente surge no es jurídica, sino histórica y moral:
¿puede construirse un Estado moderno negando el vínculo histórico de otro pueblo con la misma tierra que se reivindica como propia?
El Artículo III declara a Jerusalén capital del Estado de Palestina, centro político, espiritual y símbolo nacional. Se compromete a preservar su carácter religioso y proteger sus santuarios islámicos y cristianos. Sin embargo, en ningún punto se menciona el vínculo judío con la ciudad. Ni una línea. Ni una referencia histórica. Ni un reconocimiento cultural.
Jerusalén, en este texto, es islámica y cristiana. Pero no judía.
La omisión no es técnica. Es política.
La memoria selectiva como fundamento constitucional
El judaísmo no es un fenómeno reciente en esta tierra. No aparece en el siglo VII. No surge tras la expansión islámica. La historia judía en Jerusalén precede por más de dos milenios a la redacción de este borrador constitucional.
No se trata de negar la presencia árabe, musulmana o cristiana. Se trata de reconocer que esta tierra ha sido históricamente compartida, disputada, conquistada y habitada por múltiples civilizaciones. La historia no es monocromática.
Cuando un texto constitucional decide omitir deliberadamente uno de esos vínculos, no está construyendo convivencia: está redefiniendo el pasado.
Y cuando se redefine el pasado en clave excluyente, el futuro difícilmente será inclusivo.
Sharia como fuente primaria: ¿Estado nacional o confesional?
El Artículo IV establece al Islam como religión oficial y a los principios de la Sharia como fuente primaria de legislación.
Es legítimo que una sociedad exprese su identidad cultural y religiosa. Pero una constitución es, por definición, un pacto civil, no teológico. Cuando la fuente principal del derecho se fundamenta en una ley religiosa específica, surge una pregunta inevitable:
¿qué espacio real queda para quienes no comparten esa fe?
El texto menciona igualdad y libertad de culto. Pero la estructura normativa prioriza explícitamente una tradición religiosa sobre las demás. El equilibrio no parece horizontal.
La ausencia del judaísmo en el articulado no es solo simbólica. Se inscribe dentro de una arquitectura legal donde la identidad dominante se institucionaliza como fundamento del Estado.
Nación árabe y narrativa exclusiva
El Artículo I afirma que Palestina es parte de la patria árabe y que el pueblo palestino es parte de la nación árabe. Esa definición es coherente con una identidad nacional específica. Pero en ningún punto se reconoce la existencia de otra narrativa histórica con raíces igualmente profundas en la misma geografía.
Un Estado puede afirmarse sin borrar al otro.
Pero si su carta fundacional elimina toda referencia a la continuidad histórica judía en Jerusalén, el mensaje implícito es claro: solo hay una legitimidad originaria.
Y esa exclusividad alimenta desconfianza.
¿Qué significa “del río al mar”?
Muchos defensores de esta narrativa insisten en que el lema “del río al mar” es una aspiración de libertad. Otros lo interpretan como la negación implícita de la existencia del Estado de Israel.
Más allá de la retórica, una constitución que omite cualquier reconocimiento del pueblo judío en la tierra donde hoy vive, fortalece la percepción de que no se busca coexistencia sino sustitución narrativa.
Y ahí está el núcleo del problema.
No es un ataque a un pueblo
Es importante decirlo con claridad: esto no es un juicio contra los palestinos como pueblo. Es un análisis crítico de un texto político redactado por una dirigencia específica en un momento específico.
El pueblo palestino tiene derecho a aspirar a un Estado.
Pero un Estado que nace negando la historia del otro corre el riesgo de institucionalizar el conflicto en lugar de resolverlo.
La paz no se construye borrando al vecino del mapa histórico.
La prueba de la madurez política
Una constitución verdaderamente moderna podría haber hecho algo distinto:
reconocer Jerusalén como ciudad de profundas raíces judías, cristianas y musulmanas.
Afirmar soberanía sin negar memoria.
Declarar identidad sin excluir historia.
Eso habría sido un gesto de madurez.
Porque el conflicto no es solo territorial. Es narrativo.
Y mientras las narrativas compitan por eliminarse mutuamente, la reconciliación seguirá siendo un concepto abstracto.
La pregunta de fondo
Si el objetivo es un Estado democrático basado en el estado de derecho, como afirma el preámbulo, entonces la legitimidad debe construirse sobre inclusión histórica, no sobre omisiones selectivas.
Un texto constitucional no debería ser un instrumento de negación simbólica.
La historia no desaparece porque no se la mencione.
Solo se convierte en el fantasma que seguirá habitando cada negociación futura.
VDI Global
Análisis estratégico institucional independiente.rr