OPINIÓN: Cuando el mapa se nubla: Queridos compatriotas (des)informados sobre Israel
Del analfabetismo geográfico a la cátedra de redes sociales: cómo la furia ideológica en Chile se convirtió en el sustituto favorito de la verdad y el conocimiento.
30 Diciembre 2025
Columna desde terreno sobre percepción, distancia y desinformación en el debate chileno sobre Israel.
Hay días en que uno se pregunta si algunos compatriotas, antes de emitir juicios lapidarios sobre Israel, han dedicado al menos cinco minutos a consultar un mapa. No un mapa mental ideologizado, sino uno de esos viejos y confiables objetos —o, en su defecto, Google Maps— donde la geografía no se negocia y la distancia no se cancela con consignas.
Porque, a juzgar por el torbellino de opiniones, insultos y condenas que circula desde Chile, pareciera que Israel está ubicado en una dimensión paralela donde la historia, la geografía y la lógica son detalles prescindibles. Desde la comodidad de una pantalla en Santiago o Valparaíso, es sorprendentemente fácil pontificar sobre “genocidios” y “colonialismo” sin entender siquiera qué se está describiendo —ni quién está pagando las consecuencias cuando se aprieta “publicar”.
Para quienes vivimos y reportamos desde esta franja de tierra, la distancia tiene un efecto curioso: amplifica el ruido, simplifica lo complejo y convierte el conflicto en un meme. Y cuando la ignorancia se siente moralmente superior, se vuelve osada. Se opina con la seguridad de un experto y la profundidad de un titular.
A nosotros se nos etiqueta como “sionistas” en tono de insulto, como si la autodeterminación de un pueblo fuera una moda reciente y no un principio elemental de la historia contemporánea. Se nos pregunta con desprecio “qué hacemos acá”, como si la nacionalidad chilena fuera un carnet que expira apenas se cruza el Mediterráneo. Es la paradoja del “chileno solidario”: sensible con causas lejanas que no comprende, pero hostil con sus propios compatriotas cuando no encajan en su molde ideológico.
Lo más revelador es la obsesión por venir a gritarnos a nuestros propios espacios. No llegan a debatir: llegan a confirmar prejuicios. Y sí, si aparecemos en su inicio, no es porque el “sionismo controle el mundo”: es porque el algoritmo detecta lo que les provoca. Gracias por el engagement, queridos detractores; cada insulto, en el ecosistema digital, también es una métrica.
Pero más allá del sarcasmo, aquí hay algo serio: la desinformación no es inocua. En Chile se habla de este lugar como si fuera un tablero abstracto. Aquí no lo es. Aquí la geopolítica se traduce en sirenas, refugios, minutos contados y decisiones que no caben en un hilo de X.
Por eso, antes de repetir frases grandilocuentes y conceptos que apenas se pronuncian, propongo un ejercicio mínimo de rigor:
- Abrir un mapa.
- Localizar Israel.
- Localizar Chile.
- Medir la distancia.
- Y luego, recién luego, opinar con algo más que indignación.
Porque la ignorancia —igual que el odio— se propaga rápido cuando no hay filtros. Pero a diferencia de las consignas, la realidad no se cancela. Se impone. Y se impone con datos, con contexto, y con la presencia de quienes no necesitamos un mapa para saber dónde estamos parados.
La próxima vez que sientan la urgencia de darnos lecciones morales, recuerden esto: la soberbia suele ser el último refugio cuando faltan argumentos. Y en un conflicto real, opinar sin mapa no es valentía. Es irresponsabilidad.